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LAS MEDUSAS

Desde el mismo momento en que entré, Alba trató de explicarme algo que le había ocurrido durante el verano. Sin embargo, mi interés en ese momento se centraba en conseguir que todos estuvieran sentados y con los libros preparados.  - Profe, ¡he dormido fatal!- me decía con voz lastimera mientras se tocaba la pierna- Toda la noche me ha estado doliendo aquí. Le contesté que por qué me veía siempre con cara de médico, le pedí que atendiera y que tratara de aguantar el dolor hasta el final de la clase. Explicar, resolver, corregir... Mantener, en definitiva, un constante pulso con ellos, que a última hora de la mañana no quieren, o no pueden, o quieren pero no lo consiguen, atender una clase de matemáticas. La cara de Alba durante la sesión era como es ella... Teatral, expresiva y divertida vista desde fuera. Cuando ya no pudo más se lamentó en voz alta y me volvió a describir sus terribles dolores. Lo más divertido de la escena, es que añadió un por qué... - Yo creo que es ...

Mi letra torcida sobre tu lienzo

Las cosas se tuercen y entonces uno se pregunta,  ¿cómo pasó? Se nos queda cara de perplejidad. Hasta el momento en que se vuelve a analizar todo de un modo más distanciado, no respondemos, no reaccionamos o no lo pensamos. Hay torceduras del alma y del cuerpo. Las que rompen los huesos y los pensamientos. Las piernas, los pies y las espaldas. Las hay que no duelen aunque dejan marcas en la piel. De nacimiento y de antes de nacer. Las hay evidentes y también invisibles a los ojos de los demás. Otras, están a punto de quebrar y tuercen hasta el gesto. Lo que me hace pensar en las que  más parecen una mueca grotesca, tan triste y tan sola. Hay torceduras que han doblegado la faz de la tierra. De las que han erosionado caminos, cansinas y feas. Las que te retuercen las entrañas y a los que extrañas y a los que amas. De esas que entran siempre a retortijones y a empujones. Hay torceduras de todas las formas posibles. Imprecisas, por momentos y para siempre. Las hay que aplas...

Cuando el esfuerzo se convierte en un no puedo

Sumisa, conforme, resignada, aburrida, inapetente, mediocre, desanimada, sin alma, deprisa, sin mi, ajena, distanciada, cumplidora, fichando, minada, sin entusiasmo.  Así me quieren, sí, así me quieren. Así me tienen. Pero yo llegué rebelde, luchadora, divertida, con ganas, brillante, animada, con cuerpo y alma, lentamente, presente, cercana, llegando más lejos , sin horario, crecida, entusiasmada. Así me tuvieron, sí, así me tuvieron. Así me quiero. Y todos los  me tienen  pudieron esta vez más que el me quiero . Y me escondí. Le di la espalda a todo lo  impuesto. Al cambio poco razonable, lejos del sentido común. Y la fuerza se sumó al no puedo.  Y yo no quiero y me rebelo y me juzgo y me dejo llevar. Y me escondo. Y cuando el esfuerzo se convierte en un no puedo es muy difícil convencer a nadie de lo contrario. Porque eso de que querer es poder es una mentira muy grande que nos dijeron de niños para evitar rendiciones. Porque a veces queriendo, u...

LA FRUSTRACIÓN DE SER MAESTRA DE PRIMARIA EN MADRID

Soy maestra de primaria en la Comunidad de Madrid. La primera vez que oposité lo hice por infantil porque no había otra opción y saqué buena nota, sobretodo en una de las partes del examen. Recuerdo tener a mi niña sentada en un cuco junto a mi escritorio mientras repasaba los temas y la mecía con el pie. Y recuerdo que me mordía las uñas y las ganas de salir a la calle. A pesar del esfuerzo y de la nota no saqué la plaza. Es decir, superé la fase de oposición pero no la de concurso. Eso es muy habitual. Le pasa a mucha gente. Son los interinos. No me frustré. Contaba con ello. Y empecé a trabajar de interina (sustituta) Cuando por fin conseguí plaza lo celebré por todo lo alto. Dimos, en plural, por bien invertidos los esfuerzos, los sacrificios, los nervios, la irritabilidad, los encierros voluntarios, la casi huelga de hambre, los saqueos a la nevera...Durante los meses previos fui tutora (interina) de un sexto de primaria. Encontré tiempo para ser maestra, entregarme a las neces...

Glaucoma, ojos verdosos

Glaucoma, ojos verdosos, que viene del griego. Glaucoma. Silencioso, invisible, indoloro, letal, invencible... Yo diría además, demoledor, inagotable fuente de dolor, cruel, mezquino, sibilino... Nunca jamás me voy a acostumbrar. Tus ojos velados velaron también parte de nuestro futuro, de nuestros planes, nuestros viajes, nuestros días y también de nuestras noches. Cada vez que te dejo en plena calle los latidos de mi ritmo se ven alterados durante unos minutos. Me desgarra la imagen de tus pasos titubeantes recorriendo la acera. Me desgarra el trayecto que has de hacer a ciegas. Me desgarra también la curva de las esquinas, y las farolas centradas en tu camino. Los árboles de copas bajas y los toldos de las tiendas. Los maceteros del suelo. Un pequeño ataque de ansiedad me oprime y he de controlarlo. Apenas unos segundos. No me propuse ser valiente. No tuve tiempo de pensarlo. Las cosas sucedieron sin más. Y aunque traté de suponer lo que podría suceder, no lo supe imaginar....

Debería ser fácil

Con lo fácil que debería ser. Te digo que te quiero y, ya está. Pero nos enredamos en  la memoria. Esa que narra todas las versiones posibles de la verdad. Lamentamos lo que no sucede, lo que no sucederá, lo que sucedió sin  querer, lo que ahogó más de un momento. Lloramos por lo que ya nunca se nos dará. Lo que diste mal. Lo que ya pasó y pasó. Debería ser fácil decir te quiero. Pero los miedos lo enmudecen todo. O quizá no son miedos. Dímelo tú.

Changed

Cambia la piel de tu vientre y la de tu espalda. Los hombros, los codos, las manos, el contorno de tus ojos. Se acentúan las caderas y  se diluye la cintura. Se esfuman algunas formas. Incluso la mirada se hace más dura o más tierna, o, quién sabe cómo se transforman las miradas. Cambia, sobretodo, el modo en que te miran. Cambia el peso y la altura. La curva de tu cuerpo. Tu rostro se distingue del de hace veinte años. Soniquete sonriente que repiten tus fotografías. Cambia el cabello y la forma de peinarlo. Cambia la esencia, sutilmente, sin apenas dar aviso. Cambia el camino. Cambia la compañía y el paisaje. Los árboles de las lindes. Los horizontes del mar. Los límites de la tierra. El calor del sol y las sombras de la luna. Cambia la voz del habla, la canción del canto, el llorar del llanto. Cambia la risa o la mueca. Cambia la luz que entra por la ventana y el modo en el que cierras la puerta. Cambia la mirada hacia adentro, la que te reconoce. Cambia la imagen en el retrovi...